La muerte llegó primero lentamente y luego de manera repentina. Hace justo un año perdí a mi papá después de verlo apagarse durante casi cinco meses, y hace diez días perdí a mi hermano mayor de forma repentina, trágica, desgarradora e injusta. He vivido días llenos de incertidumbre, culpa, desesperación, rabia y angustia. He tenido que cancelar planes, armar maletas rápidamente y escuchar juicios injustos. He cerrado los ojos y mirado hacia adentro para esconder la ira. He prolongado las horas de sueño para no sentir el dolor del corazón roto.
Recientemente me recomendaron un libro que sugiere que si la opción A no es posible, debemos encontrar la mejor opción B. Aquellos que han experimentado pérdidas similares comprenderán lo difícil que es aceptar que la vida continúa después de haber perdido para siempre la opción A. Ya estaba empezando a acostumbrarme a vivir con la opción B tras perder a mi papá a los 25 años. ¿Cómo me mantengo en pie ahora para enfrentar una opción C? ¿Cómo puedo volver a la rutina después de tantos golpes? ¿Será que otra tragedia nos obligará a aceptar una opción D?
Me pregunto por qué nos ha tocado vivir esta vida. En estos días he escuchado que el sufrimiento puede transformarse en amor, luz y guía para acompañar a otros… Pero, ¿por qué a mí? ¿Por qué a mi familia? ¿Cómo es posible que, en menos de un año, hayamos pasado de ser una familia de seis a una familia de cuatro? Solo puedo confiar en que el tiempo me traerá claridad. Mientras tanto, acepto con firmeza que la vida es frágil e impredecible. Estoy segura de que mi papá y mi hermano vivieron sus vidas conscientes de esto. Ambos hicieron lo que quisieron hasta el último día. No eran perfectos, pero no dudaron en entregarse por completo a su familia, amigos e incluso conocidos, sacrificándose sin guardar rencores ni facturas. Ojalá pueda vivir el resto de mi vida sin pendientes, de manera noble, plena e intensa, así como ellos lo hicieron.
